
El virus AH1N1, que alcanzó magnitud de pandemia a finales del pasado mes de abril, me agarró en su epicentro, en México. A continuación presento un texto que escribí en el momento más álgido de la crisis en ese país, durante la semana en que la capital quedó clausurada mientras el conteo de muertes e infectados seguía subiendo. Yo estaba visitando amigos en el estado de Michoacán y me vi forzado a vivir el trauma junto con el resto del país. Lo escrito es una mezcla de diario y diatriba que oscila entre el pánico ante una enfermedad sumamente contagiosa y el deseo de burlarme de un gobierno que se revelaba como un cómplice activo de los medios de comunicación masiva, que hicieron su agosto con una noticia que dejó al mundo en vilo por cerca de un mes. ¿Pero cuán real fue la pandemia en México y cuánto tuvo de montaje mediático? Este texto también intenta contestar esa pregunta, sin una contestación satisfactoria.
Las primeras noticias de la crisis me llegaron al iphone, durante un viaje con unos amigos michoacanos a un rincón de su estado que está repleto de grandes granjas porcicuoltoras. En aquel momento nos reíamos del aroma a porqueriza que entraba por las ventanas del auto. Poco sabíamos que la verdadera porqueriza estaba por estallar. Sin embargo, no pasó por desapercibido el extraño encabezado del New York Times: “Swine Flu outbreak in Mexico”. Lo comenté con mis colegas y esto también se convirtió en objeto de broma: “tu ves, esto termina de probar que los chilangos son unos puercos”, me dijo uno de ellos con el escarnio habitual que los provincianos reservan para los capitalinos. Luego de eso nos desconectamos del mundo en nuestro placentero viaje de fin de semana.
Cuando regresé a Morelia, la capital de Michoacán, donde habría de quedarme solo en un apartamento hiperconectado al internet, ya la voz de alarma se propagaba a través del mundo con una velocidad vertiginosa. El DF estaba por cerrar en una quasi-cuarentena. El monto de muertes atribuídas al virus iba creciendo, no solo en el Distrito Federal, sino en todo el estado de México, en San Luis Potosí y en Oaxaca. La Organización Mundial de la Salud subía su nivel de alerta para pandemias mundiales. Hong Kong, el centro de trasbordo de mayor volumen de vuelos entre oriente y occidente, apretaba botones del pánico y suspendió todos los vuelos provenientes de México. En Estados Unidos la directora de Seguridad Nacional hacía las rondas para prevenir contra la epidemia inminente. Los casos fueron incementando como una metástasis: una veintene en una escuela católica en Queens, Nueva York; unos diez casos de nuevazelandeses que habían estado turisteando en México; y siguieron surgiendo- España, Escocia, Israel. Como reza la canción de Disney World: “it’s a small world after all”. Todos los enfermos tenían una conexión con México. Casi todos habían vacacionado allí. Mientras la industria del cerdo presionaba a las autoridades pertinentes para cambiar el mote de la enfermedad –“gripe porcina”, que afectaba sus ventas injustamente ya que alegan ,con razón, que la gripe no se pega por ingerir productos derivados del cerdo- yo me reafirmo en que un mejor nombre hubiera sido “Spring Break Flu”, ya que los primeros casos internacionales, sobre todo en Estados Unidos, se debieron a la escapada a México que se dieron muchos para las vaciones de primavera.
Los medios fueron alcanzando todo su dudoso esplendor: dándole cobertura 24 horas a cientos de aspectos de los que no tenían idea a ciencia cierta. La pandemia viral pareció ser mucho más cibernética y transmitida por cable televisión que real. El saldo de muertes siguió creciendo, pero solo entre los mexicanos. No hubo una sola muerte atribuída a la gripe fuera de México en aquella semana de histeria globalizada . ¿Porqué muerieron mexicanos por una influenza que en el resto del mundo parecía tener más en común con un catarro que con una enfermedad mortal? Esa es la gran pregunta y sobre todo lo que debería ser objeto de escrutinio para las autoridades del país. Me sospecho que la falta de infraestructura médica ligada a la falta de comunicación efectiva entre los gobiernos locales y el federal fueron cómplices en la tragedia. De ser ese el caso, eso probaría que las autoridades en la gran República Mexicana, al igual que en tantos otros lugares en América Latina, son criminales en su mezquindad política y en su ineficiencia. El asunto entero se podría ver como una farsa atroz de no haber cientos de muertes de por medio. ¿Cientos? Ni tan siquiera eso se supo durante aquella semanita. Y es que para confirmar un caso de gripe porcina en México había que enviar las muestras a E.U. o a Canadá, por lo que obtener un resultado, sea ya positivo o negativo, tardaba entre 48 a 72 horas. El virus tarda menos de un minuto en propagarse. Alguien enfermo estornuda, el virus vuela, otro lo aspira, y ya está. O alguien infectado se limpia la nariz con la mano y luego abre una puerta, otro toca la perilla, también se limpia la nariz, y ya, otro caso. Visto de esta manera la matemática pandémica resulta imposible… y mortífera.
Y así, poco a poco, me fui convirtiendo en espectador adicto de aquel espectáculo malsano. Desde el departamento donde me hospedé en la Colonia Las Américas en Morelia me quedé enganchado del más mínimo pestañeo cibernético. En una episodio particularmente intenso estuve unas 72 horas aislado, periódicamente revisando todos los sitios de internet a mi disposición. Fui cayendo presa de la histeria. A decir verdad, esto ocurrió no solo por el consumo desdebido de noticias, sino también por la influencia de mi familia y amigos en mi isla natal de Puerto Rico. Hago una aclaración: los puertorriqueños somos tan propensos al pánico y a la histeria como los mexicanos lo son al escepticismo y a las teorías de conspiración. Mis 72 horas de cautiverio viral estuvieron marcadas por llamadas telefónicas de mi madre que, con toda la histeria de la que era capaz, me instaba fuertemente a tomar el primer avión que saliera de Guadalajara a Puerto Rico, o en caso de no conseguir un vuelo al Caribe me exhortaba a que me agenciara un pasaje a donde fuera con tal de lograr una salida pronta y diligente. Como complemento a esto me llegaban mensajes en Facebook cada cinco minutos expresándome la consternación de la mayoría de mis amigos en Puerto Rico.
Estuve a punto de sucumbir, lo admito. En dos o tres ocasiones estuve muy cerca de cambiar mi pasaje de salida a un costo exhorbitante. Mi mamá me llenaba la mente de visiones post-apocalípticas de la cuarentena que me esperaría cuando llegara a Puerto Rico, donde aparentmente preparaban campamentos de concentración para todos los llegados de México. Mis amigos puertorros tampoco fueron de mucha ayuda, sus mensajes que intentaban ser de confort y preocupación: “cuídate”, “usa mascarilla”, etc., se tornaron tan frecuentes que llegué a sentirme como un paciente de cáncer terminal, abrumado por tanta pena de gente que está segura que tu defunción es inminente.
El humor negro mexicano, por su parte, iba desapareciendo. Con el cierre de todos los lugares públicos en el DF y la paralización de la vida corriente la onda ya no pintaba tan chistosa. Aunque sí hubo mucha metáfora floja, mucho editorial en los periódicos jugando con la palabra “influenza”, al estilo de “no te dejes llevar por la mala ‘influenza’ y muchos más por el estilo. Para colmo, en uno de los días de más casos reportados en la capital se sintió un terremoto de casi seis grados en la escala Richter. Prueba de la desaparición definitiva del ingenio chilango fue que el chiste que surgió entre los capitalinos para burlarse del suceso fue el siguiente: “¿Qué le dijo el DF a la gripe porcina?… “¡Mira como tiemblo!”. Fatal, lo sé.
Lo que no escaseaba, a diferencia de mascarillas y tapabocas que no se encontraban en ningún lado, fueron las teorías de conspiración. Escuché de todo, lo más frecuente siendo expresiones de que el brote de gripe se debía a una “cortina de humo” originada por el gobierno para encubrir su manejo ineficiente del país. Cuando intentaba indagar más sobre el asunto las teorías de conspiración se desmoronaban en un mar de vagas aluciones al narcotráfico, a la crisis económica, o a las elecciones senatoriales que se avecinaban. Entre lo más absurdo que escuché fue una teoría afirmaba que la gripe se trataba de un arma bio-química que habían soltado los narcos al aire, o el gobierno (variaba la teoría según el que la profesara). La más ridícula se basaba en el hecho que el gobierno intentaba esconder del ojo público el traspaso inminente de Baja California a los estadounidenses, debido a que el presidente Calderón ya le había vendido ese territorio a los Estados Unidos. Los más contestatarios, incluídos mis amigos poetas y cineastas, se abanderaron con el video que circula en youtube de The Shock Doctrine, realizado por los hermanos Cuarón y basado en el libro de Naomi Klein sobre el “capitalismo catastrófico”. Esto también me pareció una exageración, ¿aunque quién sabe?, a mí también se me iba pegando la paranoia natural del ciudadano promedio mexicano. Y es que en México el primer instinto es descreerle al gobierno, asumir de plano que está mintiendo. Es un legado triste que han dejado tantas décadas de mentiras oficiales, robos flagrantes de elecciones y una total opacidad en el manejamiento del sector político y público.
Al final no huí en un avión y esperé hasta la fecha señalada para mi partida. Decidí quedarme en México y auto-aislarme con mi conexión de internet para ver como se desarrollaría el gran circo mediático. El espectáculo fue divertido y aterrador al mismo tiempo, lleno de payasos y triples saltos mortales… tan mortales como los 20 muertos por gripe (en las últimas horas de mi estadía volvieron a revisar las cifras, y ahora dicen que las autoridades sanitarias habían inflado los números de mortandad para lograr que la población les hiciera caso, por lo que los únicos casos confirmados de muerte por virus porcina son siete). Así terminó mi semana bajo la Influenza en México, donde no me contagié con gripe, sino con rabia y confusión.